Cuando compré boletos en mayo del 2025 me dije que esta vez no haría una bitácora, como hacía otras veces al viajar a Venezuela en mis vacaciones anuales. Había perdido sentido: las advertencias sobre la situación aquí ya no sonaban tales, porque me salían demasiado “light” (¿defecto que viene con la nacionalidad? ¿Mecanismo de defensa?). Pero empezaron las lanchas, luego la suspensión de vuelos, después la extracción, a continuación la reanudación de vuelos y de repente estaba ya en las puertas de mi caos caribeño, disfrutándolo una vez más. ¿Cómo no escribir sobre el país, como todo lo que estaba pasando? Me dije: aquí vamos.
Día 1-2: El vuelo (con Copa, Panamá-Maiquetia) requetenormal: antes de salir, unas señoras mayores en la puerta de embarque conversan por el celular con hijos que las esperan; en el avión, unos jóvenes atrás intercambian impresiones de su vida en dos países distintos; al recoger maletas, una señora me cuenta que está triste porque viene de ver a la hija en Chile y el otro hijo está en España. Si no fuese porque los del avión en algún momento comentaron “¿y tú cómo te enteraste?” “A mí me llamó X” hubiera pensado que era un inicio de año normal. Y la sensación sigue y sigue al atravesar Caracas y recorrer la Autopista Regional del Centro: afuera del carro, motos, tráfico, gente, lluvia. Adentro, “¿cómo estuvo el viaje?”, “¡ni te imaginas a cómo está el cartón de huevos!”, “¡el muchacho de la asistencia tan amable!”. Ya va, ¡¡¡¿¿es que nadie va a decir nada??!!! Solo al cerrar la puerta de la casa surge el tema. ¿“La vida sigue igual”, como en la canción, o exceso de prudencia?
Próximo: Día 3 — Lo desaparecido, lo mudado y lo nuevo
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