Mi nombre es Elena pase cuatro años viendo a mi mamá a través de una pantalla de 6 pulgadas. me acostumbre a los «te quiero» con lagrimeo de píxeles y a conocer el crecimiento de sus sobrinos por fotos de WhatsApp. Hasta que un día, el ahorro de meses se convirtió en un código de reserva: Destino Caracas.
El viaje no empezó en el avión, sino meses antes, con la maleta. Esa maleta que es casi un rompecabezas de ingeniería, llena de medicinas, chocolates que allá saben distinto y ese perfume que su tía tanto extrañaba.
El primer aire
Al bajar del avión en Maiquetía, sentí el calor del Caribe; sentí un abrazo. Ese olor a mar mezclado con queroseno que, para un venezolano, es el aroma oficial de la nostalgia. Al cruzar el mosaico de Cruz-Diez, no pudo evitar la foto de rigor, pero esta vez no era de despedida, sino de «estoy aquí».
La ciudad que cambió, pero no tanto
Durante mi visita de 15 días, descubrí una Venezuela de contrastes:
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La sorpresa: Vio nuevos negocios, cafés modernos y una energía de gente que «echa para adelante» a pesar de todo.
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La realidad: Reconocí los baches de siempre, las fachadas que necesitan pintura y el peso de los que ya no están.
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El tesoro: El sabor de una empanada de cazón a la orilla de la calle y el sonido de un «¡Epa, chamo!» que suena a música celestial después de años hablando en neutro.
La lección del regreso temporal
El momento más fuerte no fue la llegada, sino una tarde de café en el balcón de su casa de siempre. Mi mamá me dijo: «Hija, te veo distinta, más fuerte».
ME di cuenta de que volver temporalmente no es «retroceder». Es ir a la estación de carga. Es entender que, aunque mi vida ahora está en Madrid, mis raíces son de un Ávila imponente que siempre me estará esperando.
«Volver a casa por unos días no es solo visitar un país; es recordarte a ti mismo de dónde vienes para entender mejor hacia dónde vas».
Para los que están planeando el viaje
Si tienes miedo de volver y sentir que ya no encajas, recuerda: Venezuela siempre será tu casa, y las casas siempre cambian de muebles, pero nunca de alma. Visitar es sanar, es cerrar ciclos y, sobre todo, es recargar el tanque de resiliencia para seguir conquistando el mundo.
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