Durante seis años, mi vida fue una oración gramatical mal construida: siempre conjugaba en futuro. «Cuando ahorre…», «cuando la situación mejore…», «cuando regrese…». Vivía en un «mientras tanto» constante en Santiago de Chile, con un ojo en el monitor del trabajo y el otro en las noticias de Caracas.
Hasta que un martes, frente a un café frío, me di cuenta de que estaba cansado de esperar a que el país fuera perfecto para volver a vivir en él. Decidí que no quería que me contaran más a Venezuela por Instagram; quería olerla, sufrirla y, sobre todo, trabajarla.
La llegada: El silencio de la maleta
Vender todo lo que acumulaste en el extranjero es una terapia de desapego brutal. Regresé con tres maletas y una mezcla de terror y adrenalina que no me dejaba dormir. Cuando el taxi salió de la autopista Caracas-La Guaira y vi los ranchitos iluminados como pesebres en el cerro, no lloré. Suspiré. Era un «aquí estoy» que me salió desde las entrañas.
El choque con la realidad
No les voy a mentir: los primeros meses fueron un balde de agua fría.
La frustración: Me molesté con la burocracia, con el bajón de luz que me apagó la computadora a mitad de un diseño y con los precios que parecen una montaña rusa.
El reajuste: Tuve que aprender de nuevo los códigos de la calle, a saber quién es quién y a entender que la Venezuela que dejé ya no existe. Existe una nueva, más ruda, pero también más despierta.
- Los servicios no sirven, creo que es una de las partes mas difíciles de acostumbrarse de nuevo, cuando ya venias de un lugar donde todo funciona, no pasas trabajo en cuanto a servicios se refiere, pero no se compara con estar aquí en casa, clima sabroso, el trato es diferente, la comida pues para que hablar y ademas tengo el Ávila en mi balcón
¿Por qué me quedo?
Me quedo porque un jueves cualquiera, bajé a comprar pan y el señor de la bodega se acordaba de cómo me gustaba el café. Me quedo porque aquí no soy «el migrante», soy Carlos.
Monté mi pequeño emprendimiento de gestión de proyectos digitales. Mis clientes están afuera, pero mi equipo está aquí, en una oficina con vista al Ávila. Sí, a veces se va el internet y tengo que correr a conectar los datos, pero la satisfacción de generar empleo en mi código postal es una moneda que no tiene cambio en ningún banco del mundo.
«Regresar no es rendirse. Es entender que tu propósito tiene coordenadas geográficas, y las mías siempre han sido estas».
Hoy ya no hablo en futuro. Hablo en presente. Hoy no estoy esperando que las cosas cambien; soy parte del grupo de tercos que decidió quedarse para cambiarlas desde adentro.
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