La misión del día 7 de mis vacaciones en Venezuela 2026 era activar la tarjeta de débito (si quieres ver mi reseña del día 6, haz clic aquí). Sí, algo que en EEUU puede ser automático, rápido y directo en Venezuela pasa a ser toda una misión digna de recordar en detalle.
Hay cuatro cajeros automáticos en una pared en una esquina caliente de la avenida principal (caraqueños: imaginen Capitolio). En vez de una cola para los cuatro cajeros, o una cola en cada cajero, la gente está aglomerada, sin orden.
Yo decido ponerme en algo que parece una cola en el cajero 4. En eso se activa el cajero 2, y la gente que seguía aglomerada se corre para hacer la cola detrás, pero quedan tres personas detrás del cajero 3, vacío en ese momento. Llega un señor muy mayor y, tras anunciar “yo voy a hacer una consulta”, se pone a jurungarlo. El cajero 3 se activa (¿casualidad?) y el 2 se apaga. La gente se reacomoda detrás de las tres personas que no se habían movido (¿intuición?).
Mientras, llega mi turno en cajero 4. Se me pone pegada, pegadísima, una señora mayor, con un niño inquieto que en algún momento pregunta “¿cuánto es un dólar?”. Activo la tarjeta, hago un retiro y cuando me iba, la señora pregunta: “¿me puede retirar 300?” unos 90 centavos de dólar) y me extiende su tarjeta. Evalúo todo en dos segundos (¿estafa? ¿robo?), tomo la tarjeta y voy con la transacción. “¿Clave?” Me la da. “¿Primeros dos números de la cédula?” Se enreda, y el nieto me los da. Sale el dinero, se lo entrego, me echa muchas bendiciones y cada quien sigue su camino. Quien sabe cuántas veces ella repite el proceso…
¿Mi impresión? Toda la experiencia refleja la dinámica monetaria menuda de la calle.
Próximo: Día 8 — Cosas insólitas en la calle
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